Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Cuando Adán recobró el conocimiento creyó estar soñando.
Sin embargo, un dolor punzante en el rostro parecióle lo bastante real para desvanecer la ilusión. El lugar donde se hallaba echado era sombrío o la debilidad de sus ojos le ciaba tal impresión. Poco tardó en descubrir que estaba en una de las cabañas cubiertas de hojas de palmeras.
—¡Alguien me ha traído aquí! —exclamó sorprendido. Y con la sorpresa y el dolor que sentía en todo el cuerpo, volvió el recuerdo. En su cerebro se formó un torbellino de ideas. El horror de la proximidad de la serpiente de cascabel, el olor de la sangre, la agresiva actitud del reptil, todo volvió, embargándole el miedo. Luego, se serenó. ¿Qué le había sucedido? Su mano parecíale insensible, apenas podía llevarla al rostro; el contacto de vendas húmedas le reveló que había sido salvado por alguien. Probablemente habrían regresado los indios, y entonces recordó el relincho del caballo que creyó percibir.
—¡Estoy salvado! —murmuró.
La emoción que experimentó fue tan violenta que casi volvió a perder el conocimiento; cerró los ojos y estuvo así durante largo rato, vagando el pensamiento entre sombras indefinibles.
