Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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XII

El segundo encuentro de Adán y Dismukes sucedió en Tecopah, un campamento minero en el desierto Mohave. El campamento hallábase situado en un valle pintoresco, en el que una exuberante vegetación señalaba el curso de un río, y las arenosas orillas de éste alcanzaban las oscuras y rocosas laderas que subían hasta la tenebrosa sierra.

Era en el mes de marzo, la estación más policroma del Mohave, cuando Adán llegó a Tecopah, en cuyas afueras se detuvo sobre un banco herboso. Nacía en aquel lugar un pequeño manantial que bajaba alegre hacia el río. El agua del manantial era potable y muy celebrada como tal entre los caminantes del desierto, que acudían desde lejos a beberla. Apenas instalado, las orejas avisadoras de su burro le indicaron que se aproximaba alguien; Adán levantó la cabeza y vio venir hacia él una figura muy familiar. Sorprendido, se frotó los ojos. ¿Era aquella extraña figura el hombre de quien conservaba tan imperecedero recuerdo? Sí; aquel hombre cuadrado, grotesco, era Dismukes. Su traje remendado a semejanza de un tablero de ajedrez y sus botas amarillentas de arcilla y álcali parecían idénticas a las que llevaba el día memorable en que Adán le viera por primera vez.


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