Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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XVIII

Por fin llegó, tras el junio tórrido, el terrible mes de julio, durante el cual ningún hombre de sano juicio se atrevería a cruzar el Valle de la Muerte mientras el sol envía sus rayos fundentes a la horrible hondonada.

Durante todas las horas, hasta las de la oscuridad, las pinas y abruptas laderas de los Panamints reflejaban siniestros matices rojos. Y el valle mismo era un maremágnum de sombras y ondulantes velos de calor, cual humo transparente. Más allá del vasto y extraño valle, alzábanse las parduscas y amarillentas laderas de la Montaña Funeral, elevándose hasta los bronceados almenares y subiendo hasta las liliáceas y purpúreas cimas y los altos picos, de vagos contornos en el halo plomizo: que oscurecía el cielo. El sol parecía ocupar todo el firmamento, cual llama ilimitada, con un punto central de fuego líquido irresistible para la humana vista.

Adán vióse obligado a limitar sus actividades. No sufría mucho por el calor, pero dábase cuenta de su poder debilitante. Muy temprano por la mañana, y durante la primera hora de la noche, preparaba comidas sencillas, las cuales, al avanzar el día, ofrecían cada vez menos aliciente a sus compañeros y a él mismo. Durante las horas meridianas, mientras duraba el terrible calor, descansaba a la sombra, sofocado y oprimido, en una especie de sopor.


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