Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Empezaron a soplar los vientos sofocantes que en el Valle de la Muerte sobrevenían a medianoche en el verano, abrasándolo todo.
No soplaban todas las noches, ni durante muchas noches seguidas, porque de lo contrario pronto se hubiera extinguido toda señal de vida en el infernal valle. Adán comprobó que los vientos cálidos que hasta entonces había conocido eran agradables comparados con aquellas furiosas ráfagas de fuego, que soplaban precisamente sobre su campamento y el de la choza con más violencia que en otros lugares.
El primero de agosto fue un día caluroso; el valle parecía despedir humo. Las cimas de las montañas eran invisibles, como si las cubriese densa niebla plomiza. Nada se movía, excepto los extraños velas y ondas de calor, y el terrible disco solar, que parecía ocupar todo el firmamento. Era uno de esos días en que si se tocaba tuna piedra expuesta al sol, se sufrían quemaduras como si fuese hierro candente. Era un día solemne, silencioso, tórrido, humeante de calor, mortal para toda manifestación de vida.
