Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto A la puesta del sol de aquel dÃa trágico y movido, Adán y Dismukes hallábanse acampados más allá de la boca del amplio desfiladero que dividÃa la Sierra, Funeral.
Era un campamento seco, pero los dos habÃanse llevado abundantes provisiones de agua de un manantial purÃsimo que encontraron en el camino. En el llano crecÃan hierba y arbustos en abundancia.
Adán sentÃase muy cansado y hubiera guardado silencio a no ser por su compañero, Dismukes parecÃa como si nunca le hubiesen robado, asaltado, atado al arrastre y lacerado cruelmente las espaldas. Estaba alegre, satisfecho, triunfante; sentÃase joven.
Adán nunca habÃa lograda comprender bien al forzudo minero, pero ahora resultábale más enigmático que nunca. Durante la lucha y después de ella y de su liberación, no mencionó para nada el hecho de que Adán le hubiese salvado la vida, siendo asà que el joven daba tanta importancia a haber podido salvar a su antiguo salvador. Mas Dismukes parecÃa no pensar en ello. Lo único que le interesaba era el oro recogido, el oro que aquellos bandidos quisieron robarle…, los pesados sacos del áureo metal, cuya posesión terminaba de una vez para siempre su azaroso camino tras la fortuna. Cien veces habÃa tratado aquella tarde de obligar a Adán a que aceptase la mitad del oro, la cuarta parte, algo siquiera. Adán rehusaba siempre.
