Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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XXI

A la puesta del sol de aquel día trágico y movido, Adán y Dismukes hallábanse acampados más allá de la boca del amplio desfiladero que dividía la Sierra, Funeral.

Era un campamento seco, pero los dos habíanse llevado abundantes provisiones de agua de un manantial purísimo que encontraron en el camino. En el llano crecían hierba y arbustos en abundancia.

Adán sentíase muy cansado y hubiera guardado silencio a no ser por su compañero, Dismukes parecía como si nunca le hubiesen robado, asaltado, atado al arrastre y lacerado cruelmente las espaldas. Estaba alegre, satisfecho, triunfante; sentíase joven.

Adán nunca había lograda comprender bien al forzudo minero, pero ahora resultábale más enigmático que nunca. Durante la lucha y después de ella y de su liberación, no mencionó para nada el hecho de que Adán le hubiese salvado la vida, siendo así que el joven daba tanta importancia a haber podido salvar a su antiguo salvador. Mas Dismukes parecía no pensar en ello. Lo único que le interesaba era el oro recogido, el oro que aquellos bandidos quisieron robarle…, los pesados sacos del áureo metal, cuya posesión terminaba de una vez para siempre su azaroso camino tras la fortuna. Cien veces había tratado aquella tarde de obligar a Adán a que aceptase la mitad del oro, la cuarta parte, algo siquiera. Adán rehusaba siempre.


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