Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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XXII

Cuando llegó el mes de marzo, Adán hallábase caminando desde hacía una semana en dirección al Sur, por la altiplanicie del Yucea, en medio del desierto Mohave.

Éste había cambiado de aspecto. Atrás quedaban las sierras de las montañas con sus vetas rojas, los pórfidos purpúreos, los granitos maravillosamente blancos, las rocas verde azul cobrizo, los tonos amarillentos del azufre y los rojizos óxidos. El desierto tenía allí también su color, pero no tan vivo. Además era menos inhóspito para plantas y árboles. El suelo no era ya tan monótonamente gris.

Adán adoraba el grotesco árbol yuca. Era un árbol que daba sombra y madera para las fogatas, sin despertar los recuerdos agridulces del palo verde.

Adán caminaba lentamente y sin preocupación, aunque una mano invisible parecía llamarlo desde lejos. Tenía la impresión de que sus pasos de caminante del desierto eran de nuevo guiados, y que algo le aguardaba en las llanuras, hacia el río Colorado. Estaba completando un vasto círculo en el desierto recorrido en largos años, y no podía resistir a la llamada, a aquel deseo de caminar vagando hacia el lugar que dio color y dirección a su vida.


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