Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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XXIV

Pasó el tiempo. Los días convertíanse en semanas y éstas en meses. El verano con sus horas de calor al mediodía, durante las cuales dormían los hombres y los animales, transcurrió rápidamente.

Adán recordaba de vez en vez a Dismukes, tratando de figurarse al viejo minero en su nuevo papel de viajero, de derrochador y buscador de alegrías. Sin embargo, el joven jamás daba por seguro que su viejo amigo hallase lo que buscaba.

Mas durante la mayor parte de las horas quietas del día, Adán se dedicaba a Genia. La niña cambiaba rápida mente, casi de día en día, aunque él no sabía decir ni cómo ni en qué.

Todas las mañanas, a la salida del sol, Genia se arrodillaba junto a la tumba de su madre, y con las manos enlazadas y la cabeza sobre el pecho, oraba en silencio, repitiendo todas las noches, en la dorada luz del crepúsculo, el piadoso canto.

—Genia, dime… ¿por qué te arrodillas allí ahora? —preguntó Adán una vez, no pudiendo reprimir la curiosidad—. Antes no lo hacías.

—Había olvidado mi promesa a mamá —repuso la niña—. Además… ¿podía orar deseando morir?

—No, eso es evidente. Sería difícil. No me creas curioso si te pregunto para qué rezas.


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