Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Pasó el tiempo. Los dÃas convertÃanse en semanas y éstas en meses. El verano con sus horas de calor al mediodÃa, durante las cuales dormÃan los hombres y los animales, transcurrió rápidamente.
Adán recordaba de vez en vez a Dismukes, tratando de figurarse al viejo minero en su nuevo papel de viajero, de derrochador y buscador de alegrÃas. Sin embargo, el joven jamás daba por seguro que su viejo amigo hallase lo que buscaba.
Mas durante la mayor parte de las horas quietas del dÃa, Adán se dedicaba a Genia. La niña cambiaba rápida mente, casi de dÃa en dÃa, aunque él no sabÃa decir ni cómo ni en qué.
Todas las mañanas, a la salida del sol, Genia se arrodillaba junto a la tumba de su madre, y con las manos enlazadas y la cabeza sobre el pecho, oraba en silencio, repitiendo todas las noches, en la dorada luz del crepúsculo, el piadoso canto.
—Genia, dime… ¿por qué te arrodillas allà ahora? —preguntó Adán una vez, no pudiendo reprimir la curiosidad—. Antes no lo hacÃas.
—HabÃa olvidado mi promesa a mamá —repuso la niña—. Además… ¿podÃa orar deseando morir?
—No, eso es evidente. SerÃa difÃcil. No me creas curioso si te pregunto para qué rezas.
