Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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XXVII

Cuando Adán regresó aquella tarde al campamento, con el cuerpo deshecho, pero tranquilo de mente, encontró allí a un viejo indio que le aguardaba. Genia había vuelto mucho antes y, sentada en la arena, mantenía una conversación difícil, pero animada, con el visitante.

Al ver aquel rostro curtido, bronceado, cruzado por profundas arrugas, Adán sintió una punzada en el corazón.

—¡Charley Yim! —exclamó, sorprendido pero contento.

—¿Cómo estar, Águila? —La voz profunda, el nombre familiar, aunque olvidado, la enjuta mano, dieron a Adán la certeza de que se trataba de su antiguo amigo.

—Charley Yim, el hombre blanco no ha olvidado a su amigo indio —repuso Adán.

—Águila no ser ya el mismo muchacho. Ser muy alto. Muchas lunas. Nieve en la montaña —dijo el indio, y una vaga sonrisa rompió las pétreas líneas de su rostro. Sus dedos tocaron el cabello blanco de los aladares de Adán.

—Ya no soy un muchacho, Charley Yim —replicó Adán—. El Águila tiene ahora plumas blancas.

Genia se echó a reír.


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