Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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XXVIII

—Los zorros tienes madrigueras…; los pájaros del aire, nidos —exclamó Adán con voz dolorida.

¿Era él quien yacía allí con el corazón transido y los ojos ardientes? Otra vez en el desierto, en el páramo, que era su único hogar. ¿De quién era aquel rostro que se perfilaba en las nubes, aquel otro que se dibujaba en las formas de la arena… y aquél que aparecía en los contornos de las policromas sierras?

Sus burros pacían detrás de la roca en que se apoyaba Adán, mirando desde el desfiladero altísimo de la Sierra Madre hacia el ilimitado vacío del desierto. ¿Qué sucedía? ¡Ah, había huido! Y por milésima vez vivió aquella semana, aquellos breves ocho días, con sus transportes de alegría o infinitas lamentaciones, durante los cuales halló un hogar para Genia, y la hija de Magdalena Virey turbó su alma.





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