Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto —Los zorros tienes madrigueras…; los pájaros del aire, nidos —exclamó Adán con voz dolorida.
¿Era él quien yacÃa allà con el corazón transido y los ojos ardientes? Otra vez en el desierto, en el páramo, que era su único hogar. ¿De quién era aquel rostro que se perfilaba en las nubes, aquel otro que se dibujaba en las formas de la arena… y aquél que aparecÃa en los contornos de las policromas sierras?
Sus burros pacÃan detrás de la roca en que se apoyaba Adán, mirando desde el desfiladero altÃsimo de la Sierra Madre hacia el ilimitado vacÃo del desierto. ¿Qué sucedÃa? ¡Ah, habÃa huido! Y por milésima vez vivió aquella semana, aquellos breves ocho dÃas, con sus transportes de alegrÃa o infinitas lamentaciones, durante los cuales halló un hogar para Genia, y la hija de Magdalena Virey turbó su alma.
