Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Aquella noche despertóse Adán de pronto, sin causa aparente. La noche era como todas las del desierto, oscura y fresca; reinaba el mismo silencio ininterrumpido de siempre. A pesar de escuchar atentamente, no percibió el más ligero rumor, ni siquiera el del viento en los arbustos. Sin embargo, siguió reflexionando sobre las causas de su desvelo, hasta que le pareció que desde la impenetrable muralla del silencio llegaba vagamente una voz, un grito. ¿Acaso Margarita, en sueños o despierta, le estaba llamando? La frecuencia con que acostumbraba tener semejantes inspiraciones habÃa convencido al joven de que poseÃa una facultad extraña.
Cuando Adán se despertó más tarde a media mañana, las irrealidades de la noche se dispersaron lo mismo que sus sombras. Levantóse fuerte, ágil, animado, ávido de inmediata acción. Aquel dÃa era domingo y, por consiguiente, otro dÃa de inútil espera y peligroso ensimismamiento. Sin embargo, el joven se prometió no ocultarse de Guerd ni de Collishaw, pues le importaba poco lo que pudiesen hacer o decir. IrÃa al campamento de Picacho, donde jugarÃa y beberÃa con los demás. Recordó las palabras de Merryvale, sus sabios consejos acerca de la vida en aquellas regiones selváticas. En cuanto a Margarita, lo único que deseaba era volver a verla, contemplar otra vez sus oscuros ojos y dar asà por terminadas para siempre sus relaciones con ella.
