Meseta negra

Meseta negra

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Capítulo IV

—POR mi parte prefiero el barro —declaró Belmont, mirando hacia el desierto.

Paul meditó tan rara respuesta. Para él, la mañana prometía un día bellísimamente soleado, sugiriendo la llegada efectiva de la primavera. El sol aún no iluminaba Meseta Negra, pero en el desierto un resplandor dorado y rojizo ahuyentaba el color gris de los riscos y los enormes paredones. Los grandes picos blanqueados que dominaban la región se veían con suma claridad aquella mañana, por primera vez desde la llegada de Paul. Muy lejos, al otro lado del Desierto Pintado y en el vasto valle del Pequeño Colorado empezaba la prominencia y elevación de la oscura tierra árida, que terminaba en la borrosa masa de las montañas Picos Gemelos, con sus conos nevados llegando casi hasta el cielo azul.

—Diantre, yo soy de Texas, y puedo asegurar que aquello no es un país dejado de la mano de Dios como éste —repuso Wess, contestando a Belmont.

—¿Qué dices tú, Doetin? —interrogó Belmont a un viejo indio que estaba con ellos en el porche.


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