Meseta negra

Meseta negra

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Su rostro bronceado parecía una máscara de pergamino arrugado. Era delgado y de pelo gris, aunque su cuerpo estaba muy erecto, y su mirada se asemejaba a la del gavilán. Era el primer indio que veía Paul con ojos claros, en vez de oscuros; su matiz era indistinto, tal vez como el pedernal. El desierto era el sitio donde los hombres, las aves y los animales tenían los ojos más maravillosos. Doetin miró a su alrededor y replicó con un gesto resuelto, diciendo:

—Viento.

—Ya... —rezongó Belmont con disgusto—. Vamos adentro, amigo.

Y condujo al indio hacia el local.

—Vaya broma —comentó Paul riendo—. Belmont prefiere el barro... Wess, por este lugar deben de aprovechar el viento. El mes pasado sufrí más vendavales que en toda mi vida.

—Pues ten en cuenta que todavía no ha soplado en serio —observó Wess mientras encendía un pitillo.

—Oh, perdóname.

—Todos los jinetes conocen el viento —continuó el vaquero—. Y Belmont lo odia. Yo me he enfrentado con vendavales en las llanuras de Texas y en el Panhandle, y en la pradera de Nebraska en invierno, donde sopla de veras. Pero ahora supongo que aún ignoraba lo que es el viento.

—Vamos, me estás poniendo la carne de gallina.


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