Meseta negra
Meseta negra EL sol cálido, el cielo azul, la impresión real de la primavera en el ambiente, los juegos retozones de las ovejas y los corderos en el corral y los bufidos de los mustangos... todo esto podía ser responsable de la exaltación de Paul, pero éste tenía la secreta sospecha de que había algo más.
Era muy satisfactorio caminar sobre el terreno seco, trepar a la silla de montar sin los terribles dolores y punzadas y hacer frente a todo un día de cabalgada sin ningún temor. Paul se hallaba ya bien entrenado a montar, y empezaba a creer que un día no muy lejano llegaría a ser un jinete excelente.
También observó que Louise había construido un pequeño recinto hecho con tablas de madera en el porche situado delante de la cabaña que constituía su vivienda, anexa al puesto, donde el pequeñín jugaba todas las mañanas. Estaba delgado y no parecía muy fuerte, pero correteaba y parloteaba consigo mismo, muy contento y ufano, en tanto Louise no le perdía de vista ni un instante. Paul apenas veía a Belmont cerca del chiquillo.
Un día, Wess divisó a diversas reses extraviadas junto a Aguas Amargas.
—Eh, fíjate —exclamó—. Nuestras vaguadas se han secado.
—¿No era de esperar?