Meseta negra
Meseta negra LA primavera fue cambiándose imperceptiblemente en verano. La arena dejó de azotar el rostro. Del desierto empezaron a elevarse la calina. Y a mediodía, el cielo adquirió un tono cobrizo. Paul se enteró entonces de la sensación ardorosa del sol a través del sombrero. Se adelgazó, se le bronceó la tez y cada día fue haciéndose más fuerte y resistente.
Aguas Amargas entró en otra de sus fases del desierto. Y junto con todo esto, se produjo un cambio insidioso en Belmont y su suerte.
Después de un día tórrido, la noche resultaba agradablemente fresca. Paul estaba tumbado en su cama, despierto, escuchando, como había hecho otras muchas noches, los pesados pasos del comerciante. Los días tranquilos habían sido muy escasos. La naturaleza humana, como el desierto, había vuelto a recobrar su humor tenebroso, encubierto.
Unos pasos fuera obligaron a Paul a incorporarse, estremeciéndose. Los pasos pasaron por delante del aposento de Louise, y penetraron en el corredor. Su puerta se abrió. Y Paul, a la escasa claridad del dormitorio, reconoció la elevada figura del vaquero.
—Estoy despierto, Wess, ¿qué pasa?
—Ponte algo y sal pronto —replicó Wess en un susurro.