Meseta negra

Meseta negra

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Paul continuaba agazapado, en tanto el sudor frío se veía reemplazado por otro ardiente. Su presentimiento había sido plenamente acertado. Belmont envenenaba las aguas del manantial. No podía existir otra explicación para aquella expedición nocturna. Empleaba algún mineral o producto químico que, sin duda, era soluble en el agua. Y los efectos duraban hasta que la sustancia se disolvía por completo, lo cual podía tardar varios días o varias semanas.

Paul profirió una maldición en voz baja.

—¡Debía romperle una pierna, con la bolsa en sus manos! Wess lo habría hecho. Belmont debe efectuar esta mala faena a menudo.

Con inseguridad, Paul regresó a su habitación, donde estuvo tumbado en la cama y despierto largas horas.

A la mañana siguiente, tras desayunarse, descendió hacia el manantial, según era su costumbre, y tras asegurarse de que nadie le observaba, se inclinó para beber un sorbo de agua. Volvía a tener el gusto salado y nauseabundo de siempre. La escupió asqueado. A continuación llenó el otro frasco. Al momento se incorporó y estuvo unos instantes contemplando muy interesado el agua de la balsa. Parecía exactamente igual que antes. En el reborde se veía, asimismo, la escarcha alcalina que demostraba la presencia del mineral.


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