Meseta negra

Meseta negra

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A la mañana siguiente despertóse tarde. El día ya daba señales de ser semejante a sus predecesores. Se trataba del período temprano de calor común a aquella región. No dudaría. Paul se sentía mucho más capaz de resistir el calor que la soledad y su incertidumbre. Evitó el contacto directo con Belmont y Louise, y estuvo siempre a solas, aunque sin dejar de vigilar atentamente el aposento de la joven. Durante casi todo el tiempo; los demás estuvieron también dentro del puesto, de modo que tuvo poca necesidad de una mayor vigilancia.

Habían transcurrido tres días y el calor era más agobiante todavía. A la quinta mañana, Paul se vio obligado a salir al aire libre. Caminó varios kilómetros. Al volver, pasó dando un rodeo al puesto en dirección al ala que ocupaba. Pero la puerta abierta del almacén de lanas, invitaba a obtener un respiro del sol y entró allí.

Era una estancia vasta y alargada, enlosada de manera irregular, con cajones llenos de lana de distintas clases a lo largo y alto de las paredes. Olía fuertemente a oveja, Paul se sentó sobre una bala de lana, cerca de la puerta. Luego, procedió a abanicarse con el sombrero. Y contempló el rojizo valle, con su calina de calor, con sus velos de humo y sus nubes de polvo.


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