Meseta negra
Meseta negra Las cuatro paredes del cuarto de adobe parecían presionarle. Estaban manchadas y agrietadas, y eran sombrías e inescrutables, como los muros de la existencia que habíanse abatido sobre él. Armonizaban con toda la casa. Durante largo tiempo estuvo contemplando su rara habitación, descubriendo cosas que se le habían escapado a primera vista. Los nidos de las avispas y las cucarachas, una araña negra que tejía su red en un rincón, las débiles marcas indias de la puerta y una mantis religiosa inmóvil, en el alféizar de la ventana. A través de aquellas paredes le parecía adivinar el mundo exterior, con sus luchas, su belleza y sus pasiones, o a través del techo el cielo azul y las nubes blancas. También podía convertirlas en unos muros dignos de su fantasía. ¿No intentaba ya luchar para seguir escribiendo? Oh, sí, todo residía sólo en su mente.
—¡Ah! —murmuró amargamente—. Es así: ¡todo en la mente! La felicidad o el infierno, la vida o la muerte, todo en la mente. Esto es lo que piensas.