Meseta negra
Meseta negra Paul se incorporó, con los pelos de punta ante la proximidad del peligro que acababa de correr. Miró a Belmont. El comerciante había chocado contra una arista rocosa y se iba deslizando hacia el abismo. Era incapaz de asirse a ningún apoyo. Una mancha sanguinolenta apareció en el lado derecho de su distorsionado semblante, en el sitio donde la arista de la roca le había cortado como un cuchillo. Pero conservaba el conocimiento. Fijó sus ojos malignos en Paul. Luego, sus piernas pasaron sobre el borde del abismo. Por un momento, pareció poder luchar contra su fatal destino, y la conciencia de su inevitable final trocó la expresión furiosa de sus pupilas en otra de intenso terror. Perdió todo punto de apoyo. Su cuerpo resbaló sobre la roca desnuda, y agitó ambas manos hacia lo alto.
Paul estaba aturdido. Escuchó, con todas sus fuerzas. Tras unos segundos interminables, sonó en el fondo un golpe un rumor sordo, un crujido y la caída de varias piedras.
—¡Belmont, el infierno está contigo! —gritó Paul, inclinándose sobre el abismo, estremecido de terror.
Un relámpago iluminó el cielo y el angosto cañón. En aquel mismo instante comenzaron a caer gruesas gotas de agua.