Meseta negra
Meseta negra La tormenta rugía con menos intensidad cuando Paul llegó al lindero del bosquecillo de cedros, detrás de Aguas Amargas. Aún llovía, pero en menor cantidad. Al oeste, las negras nubes permitían ya el paso de los últimos rayos del sol del atardecer, y un pálido arco iris, como el que rodea a veces a la luna, se estremecía con su promesa eterna de paz entre el cielo y la tierra. Luego, también se esfumó.
El joven desmontó y contempló con mirada anhelante cuanto le rodeaba antes de conducir su mustango al establo, para desensillarlo y llevarlo al corral. Observó que todavía no se hallaba allí el caballo del vaquero. Sonrió para sí ante la idea de que el tejano se extrañaría ante la ausencia del comerciante en el cañón. Luego, su sonrisa se desvaneció ante la idea de que si Wess llegaba muy tarde, podía sospechar que Belmont no regresaría a su debido tiempo. También existía la posibilidad de que los habitantes del puesto creyesen que el comerciante había decidido quedarse toda la noche entre los indios de Black Canyon, a causa del peligro que ofrecía aquel sendero bajo la tormenta. De todos modos, ya no le quedaba más remedio que esperar los acontecimientos.