Meseta negra

Meseta negra

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De pronto, quedóse silencioso, al distinguir una expresión de dolor intolerable en las pupilas de la muchacha. Era la mirada de una fugitiva acosada, de una criatura perseguida, torturada tal vez. Una mirada que llegó hasta las fibras más profundas de Paul, en un mensaje que conmovió su corazón, despertando su comprensión. A través de sus propios sufrimientos entendía los de la muchacha. Ella no era más que una niña, y la habían ya forzado a la maternidad. De haberle manifestado de palabra que su existencia era un abismo de desesperación y desdichas... que odiaba al padre de su hijo, no hubiese podido estar más claro. ¡Y él, Paul, aún padecía por su propia pérdida, por su dolor! ¿Qué sabía de los demás seres humanos?

Paul la miró fijamente, consciente del significado del momento, relajado y como libre ya del pasado, inundado por aquella tremenda realidad de la existencia; mientras tanto, la joven le miraba también, con los ojos muy abiertos, en actitud de asombro, casi transfigurada por lo que acababa de entrar en su vida por aquel sentimiento que tal vez intuía, que quizás acababa de iniciarse en aquel mismo instante, pero que, y ello estaba claro en el fondo de sus pupilas, todavía no entendía en absoluto.



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