Meseta negra
Meseta negra Dos jóvenes se hallaban sentados en una roca del risco poblado de cedros, desde donde la vista abarcaba el puesto comercial, el manantial, la Mesa Negra y el desierto sin lÃmites que se extendÃa más allá.
—Paul, acabas de preguntarme qué me parece este lugar —manifestó el más joven, un vaquero de rostro atezado y delgado—. Cáscaras, opino que es un infierno y que no me gustarÃa morir aquÃ.
Su compañero echóse a reÃr con cierto pesar ante aquella franqueza.
—Lo siento —dijo—. A mà me gusta. Tal vez tú hayas explicado el motivo.
—¡Narices! —replicó Wess Kintell—. Yo no he explicado nada.
—Creo que «infierno» es un epÃteto bastante descriptivo. Si el mismo no explica cómo es Aguas Amargas, no lo explicará nada.
—Pensándolo bien, no lo sé. En mi vida he rodado por muchas regiones, pero jamás estuve en una semejante a ésta. Y me gustarÃa echarle un buen vistazo antes de poder decir qué es lo que me da escalofrÃos en este lugar.
—No le falta color, belleza ni magnificencia —observó Paul Manning pensativamente—. De todos modos, existe una diferencia entre esto y el Desierto Pintado que dejamos atrás, o la región llena de cañones del otro lado. Y esta diferencia es precisamente lo que me atrae.