Meseta negra
Meseta negra Era sorprendente cuántos indios iban y venían durante el mediodía. Paul casi siempre distinguía a uno o dos jinetes en la línea del horizonte. Y había más de una docena de poneys atados a la barandilla, o inmóviles, con las bridas bajas. Los pellejos de oveja y cabra, las pieles de los coyotes, las bolsas de lana y las mantas eran los principales artículos del trueque. El hecho de que alguna squaw entrase en el puesto con alguna mercancía y se marchasen sin dejarla, fortaleció la creencia de Paul, referente a que el comerciante sólo se aprovechaba de las gangas. A Paul no le gustaba la mujer a la que Belmont daba el nombre de Hermana, ni había podido definir a su entera satisfacción la condición de la misma en el puesto. Era una especie de cocinera, ama de gobierno y dependienta, y jamás estaba ociosa. Era una mujer robusta, de menos de cuarenta años, de ojos negros y facciones duras, y parecía ser una persona vigilante, reprimida y de fuertes pasiones.
Paul la estuvo contemplando en tanto ella atendía a una media docena de indias y, aunque no pudo entender una sola palabra del lenguaje empleado, dedujo lo hablado por su aspecto, su tono de voz, su deliberación y su cuidado al pesar el azúcar o al vender un cuchillo, así como por los ojos oscuros de sus clientes. Los indios dependían ya de los blancos, habiéndose convertido en una raza dominada. Desde el principio, Paul lo adivinó, lo cual despertó su piedad y aumentó su antagonismo.