Nevada

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VIII

Multiplicáronse los días hasta que Hettie perdió la cuenta de ellos. Recorrieron infinitas leguas a través del Estado de Nevada, anchas fajas de tierras yermas, planicies de maravilloso verdor, profundas valles entre parduscas sierras, altiplanicies cada vez más elevadas.

—Mi amo, estamos llegando a la región de los caballos salvajes —dijo el vieja Raidy una mañana estando la caravana a punto de emprender la marcha—. Ayer ya vimos algunas manadas de «colas de escoba», y los hombres tuvieron sus dificultades con los nuestros. Fue preciso trabar al Rojo. Creo que si usted no lo monta, hoy será más difícil aún sujetarle.

—Tráigalo aquí —replicó Ben con un destello de alegría en su atezado rostro—. Lo montaré y al mismo tiempo ayudaré a conducir los demás caballos.

El camino serpenteaba por una región alta en la que, desde cualquier eminencia, las enormes distancias pare cían desafiar a los viajeros. Una vasta monotonía cubría el país como invisible sábana. Las ciudades, los campos mineros, los solitarios ranchos del Oeste y del centro de Nevada habían desaparecido. Hacia el Este y el Sur extendíase el desierto solitario, cambiando de día en día, por grados casi imperceptibles, ganando en color y selvatiquez y atrayendo a los viajeros hacia un invisible y, sin embargo, prometido paraíso.


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