Nevada
Nevada Multiplicáronse los dÃas hasta que Hettie perdió la cuenta de ellos. Recorrieron infinitas leguas a través del Estado de Nevada, anchas fajas de tierras yermas, planicies de maravilloso verdor, profundas valles entre parduscas sierras, altiplanicies cada vez más elevadas.
—Mi amo, estamos llegando a la región de los caballos salvajes —dijo el vieja Raidy una mañana estando la caravana a punto de emprender la marcha—. Ayer ya vimos algunas manadas de «colas de escoba», y los hombres tuvieron sus dificultades con los nuestros. Fue preciso trabar al Rojo. Creo que si usted no lo monta, hoy será más difÃcil aún sujetarle.
—Tráigalo aquà —replicó Ben con un destello de alegrÃa en su atezado rostro—. Lo montaré y al mismo tiempo ayudaré a conducir los demás caballos.
El camino serpenteaba por una región alta en la que, desde cualquier eminencia, las enormes distancias pare cÃan desafiar a los viajeros. Una vasta monotonÃa cubrÃa el paÃs como invisible sábana. Las ciudades, los campos mineros, los solitarios ranchos del Oeste y del centro de Nevada habÃan desaparecido. Hacia el Este y el Sur extendÃase el desierto solitario, cambiando de dÃa en dÃa, por grados casi imperceptibles, ganando en color y selvatiquez y atrayendo a los viajeros hacia un invisible y, sin embargo, prometido paraÃso.
