Nevada

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A unas veinte millas del rancho de Tom Day estaba el último puesto de avanzada de los enormes pastos y terrenos de ganado del juez Franklidge, que se extendían, al sur de la vía férrea, hacia los Mogollones.

Aquella avanzada, el rancho de Chevelón, había llegado a ser propiedad del juez, como muchos otros, a causa del fracaso de un colonizador. Al correr de los años, Franklidge había dejado dinero a todos los colonizadores pobres de aquella parte de Arizona. Su bondad, su generosidad convirtiéronle en blanco de todas las demandas. Y aunque jamás habíase mostrado duro y nunca ejerciera coacción para cobrar su dinero, su prosperidad se relacionaba con la mayoría de aquellas transacciones. Sin embargo, por lo que respectaba a la cría de ganado, el rancho Chevelón constituía una pérdida para él.

Los ciento sesenta acres que abarcaba el rancho estaban situados a lo largo del borde del cañón Chevelón, uno de los muchos profundos y abruptos barrancos que formaban las «Quebradas» de los Mogollones. La selva de cedros era allí muy densa y, un poco más arriba, hacia el Sur, empezaban los pinares. Había agua en abundancia, mas era preciso subirla, mediante bombas desde el cañón, y cuando una bomba no funcionaba, en pellejos, a lomo de caballos.


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