Nevada

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XI

Era domingo, y la hora de la tarde en que todos los hombres libres de servicio del rancho de Franklidge estaban en todas partes menos en la vecindad de su aloja miento. El vaquero Texas Jack, al entrar en la cabaña, sintió gran alivio al verse completamente solo. Se dirigió a su litera con propósito de recoger, sin pérdida de tiempo, las pocas cosas de su pertenencia. Un viejo par de zahones negros, desgastados por el uso, estaban colgados a la cabecera, con el cinturón y el revólver. El instinto le obligó a alzar la mano y, como por arte de magia, el arma brilló en el aire.

—Creo que fue el Destino —murmuró al enfundar de nuevo el arma—. Algo me obligó a no cesar jamás en el ejercicio de «sacar» el revólver. Bien, bien…

En pocos instantes hizo un hato con sus cosas para acomodarlo en la parte posterior de la silla de su caballo. Sus movimientos eran rápidos; mas parecía como si estuviese en un estado hipnótico. Al ponerse de pie, miró un momento en derredor suyo, y entró luego en la habitación contigua, una salita agradable y cómoda. Sin saber por qué, se colocó ante el espejo.

—Bueno, amigo Texas Jack, ¡hasta otra! —dijo a la imagen reflejada en el cristal—. Creo que casi he llegado a ser feliz contigo. Con cortarme el pelo y afeitarme la barba, adiós Texas Jack… Y entonces habrá quien te re conozca como Jim Lacy.


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