Nevada
Nevada Una semana después, a media tarde, Jim Lacy estaba al lado de Cash Burridge en el desfiladero de los Mogollones, mirando hacia el mediodÃa, sobre la maravillosa selvatiquez del sur de Arizona. Los negros bosques de la tierra baja y las grandes praderas herbosas confundÃanse en lontananza con las oscuras ondulaciones del rancho desierto.
—¡Dios mÃo! ¡Escuche eso! —exclamó Burridge, la roja y sudorosa cara contraÃda con expresión de éxtasis—. La mejor música de la tierra.
—Cash, algún dÃa le van a saludar en el infierno con esa música —observó Jim.
—¡El mugido de los bueyes y los hurras de los vaqueros! Me agradarÃa oÃrlo allÃ, con tal de que no sea demasiado pronto —repuso Burridge.
Sobre la pina senda de Maricopa, desde donde partÃa del desfiladero en forma de zigzag, hasta muy abajo, don de se confundÃa con la verdeante llanura, veÃanse nubes amarillentas de polvo. El estruendo de los millares de pezuñas, el mugido del ganador y los gritos de los jinetes subÃan desde aquella cálida ladera. Semejaba un alud, ora suave, ora estruendoso, selvático, armonioso y acorde con el paÃs en que aquello era posible. Por el aspecto de la senda, aplastada por millares de pezuñas, parecÃa como si un torrente de animales se hubiese precipitado por el desfiladero.
