Nevada

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XVII

Una semana después, a media tarde, Jim Lacy estaba al lado de Cash Burridge en el desfiladero de los Mogollones, mirando hacia el mediodía, sobre la maravillosa selvatiquez del sur de Arizona. Los negros bosques de la tierra baja y las grandes praderas herbosas confundíanse en lontananza con las oscuras ondulaciones del rancho desierto.

—¡Dios mío! ¡Escuche eso! —exclamó Burridge, la roja y sudorosa cara contraída con expresión de éxtasis—. La mejor música de la tierra.

—Cash, algún día le van a saludar en el infierno con esa música —observó Jim.

—¡El mugido de los bueyes y los hurras de los vaqueros! Me agradaría oírlo allí, con tal de que no sea demasiado pronto —repuso Burridge.

Sobre la pina senda de Maricopa, desde donde partía del desfiladero en forma de zigzag, hasta muy abajo, don de se confundía con la verdeante llanura, veíanse nubes amarillentas de polvo. El estruendo de los millares de pezuñas, el mugido del ganador y los gritos de los jinetes subían desde aquella cálida ladera. Semejaba un alud, ora suave, ora estruendoso, selvático, armonioso y acorde con el país en que aquello era posible. Por el aspecto de la senda, aplastada por millares de pezuñas, parecía como si un torrente de animales se hubiese precipitado por el desfiladero.


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