Nevada

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XIX

Hettie se asió al arzón de la silla. El choque que experimentó fue tan grande que, aturdida por un momento, salo tuvo fuerzas para conservar el equilibrio en la silla.

Cuando el caballo de Nevada se detuvo de pronto, frente a la montura de ella, miráronse los dos cara a cara.

—¡Tú! —murmuró Hettie con labios rígidos.

Nevada se quitó el sombrero con ceremonioso movimiento y se inclinó hasta tocar la crin de su caballo. Al incorporarse, permaneció descubierto.

—¡Caramba, si es Hettie Ide! —dijo con voz pausada y su peculiar acento meridional, que penetró en el corazón de la joven como tajante cuchillo.

Los dos se miraron, como si la mirada quisiera comparar la realidad con los ensueños del recuerdo. El rostro que Hettie veía tenía los mismos agudos perfiles, el mismo color atezado y la misma intensa luz en sus castaños ojos. Mas en ellos se veía el alma con que la imaginación de Hettie y su recuerdo se lo figurara.

—Te… vi… en Winthrop —empezó Hettie, para poner fin al terrible silencio.

—¡Vaya, vaya! Ya contaba con esa posibilidad —repuso él, mientras liaba un cigarrillo con mano hábil y segura. Hettie no advertía en él ni sorpresa ni emoción alguna—. ¡Lástima que hayas tenido que tropezar con migo aquí!


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