Nevada

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XXII

Hettie estaba echada en la cama, de cara a la ventana abierta, por donde entraba la suave brisa de la noche con la fragancia de la artemisa. Aún veíase en el horizonte la última faja rojiza del sol poniente. Hettie no sabía cómo pudo llegar desde el patio del rancho a su habitación. Recordaba vagamente los rostros de las gentes y el murmullo de sus voces, que para ella nada significaban.

Abrióse la puerta y se volvió a cerrar. Era Ben; arrodillándose junto al lecho, tomó las manos de la joven entre las suyas, y besándola dijo con profunda emoción:

—Hettie; he venido tan pronto como me ha sido posible. Aún estoy aturdido…, pero soy tan feliz, querida hermana, como no lo fui nunca, excepto el día en que Ina llegó a ser mi mujer… Cuando me tranquilicé un poco, me acordé de ti… y aquí estoy.

—¡Oh…, Ben! —murmuró ella abrazándole con el corazón angustiado.

—Querida Hettie…, las alegrías no matan —repuso él con ternura.

—¡Ojalá fuese alegría! —contestó la muchacha con un gemido.


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