Nevada
Nevada Nevada se puso de pie con mucha calma y se colocó al lado del sillón. No creía que Cawthorne tratase de «sacar» su revólver sobre él, pero cómo no estaba seguro, prefería estar de pie. En el primer instante se sintió fuera de sí, pero tras breve vacilación recobró la serenidad.
Cawthorne, más envalentonado siempre, exclamó con fuerte voz:
—Le invito a salir.
—¿Para qué? —preguntó Nevada, imperturbable.
—Bien lo sabe usted.
—No tengo la menor idea, Link —continuó Nevada—. Ya veo que está usted alterado, mas creo que no vale la pena de que me altere yo también. Afuera hace frío, y me gusta estar aquí al calor del fuego. Si tiene usted que de oír algo más, puede continuar.
Cawthorne se engalló ante el hecho sin precedentes. Unas pocas copas le habían turbado la inteligencia, y los injustificados celos produjeron en él el ofuscamiento. El saber que Jim Lacy había rechazado el reto que sólo se debió a un loco apresuramiento, elevóle al pináculo de la soñada fama.
—¿Si tengo que decir algo más? —preguntó con voz ronca y vano desprecio—. No tengo nada que añadir. Le he retado y usted es un cobarde. Eso es todo.
