Odio de razas

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A la mañana siguiente, Marian se levantó a las cinco. ¿Estaba relacionado con su alborozo el aire frío del desierto? ¡Cuán sorprendente era la larga línea del horizonte con las afiladas siluetas que se destacaban ante el pálido y puro resplandor dorado del cielo! El corazón de Marian se llenó de animación y regocijo. ¡Cuántas dulzuras tenía la vida! Se sintió agradecida por aquel nuevo significado que en la suya había. El agua tenía una frialdad de hielo que le produjo una picazón en los dedos. Era un gran placer el vestirse las nuevas ropas, abrigadas y toscas, des tinadas a la vida en el exterior: una blusa de franela„ pantalones de equitación y botas. Marian disponía de un: chaleco de punto, un abrigo y guantes. Pero lo que había. llevado consigo no le parecía apropiado. Era demasiado vistoso, demasiado ceñido. No obstante, no tendría otro remedio que utilizarlo, puesto que no disponía de nada más. Otros artículos que estimó que le serían precisos, los encerró en un saquito de muletón.







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