Odio de razas
Odio de razas Fue el hambre lo que reveló a Marian el paso del tiempo y que había cabalgado casi ininterrumpidamente desde las primeras horas de la mañana hasta mediodía. Y, a razón de cuatro millas por hora, había cubierto veinte millas. La ¡oven se preguntó si Bucksin estaría también cansado. El caballo caminaba a paso sosegado y tranquilo, como si la distancia o el tiempo no influyen sobre él. Marian recurrió a su bocadillo y un trozo de chocolate que acompañó de un trago de su cantimplora. Estas pequeñas cosas le hicieron sentirse pensativa y agradecida. Era la necesidad de algo lo que hacía precioso a ese algo. ¿Cuándo, en momentos anteriores de su vida, una galleta tostada y sucia le había parecido al mismo tiempo un placer y una bendición? Y en cuanto al chocolate, ¿cuánto tiempo hacía que perdió el gusto de tomarlo? Verdaderamente, hasta entonces no había sabido nada acerca del agua y su poder refrescante. En tal caso, debería de haber algunas ocasiones en que el comer o el beber representasen actos de una gran importancia. Y si las había para estos actos, ¿no las habría, del mismo modo, para todo lo demás?