Odio de razas
Odio de razas La corriente, que desde lo alto parecía una cinta de plata, resultó ser un arroyo ancho y poco profundo, en el cual los caballos se apresuraron a beber. Withers se apeó, se tumbó en tierra boca abajo y sació su sed. Los indios se habían detenido ante uno de los grupos de árboles verdes y conversaban con otro indio que se hallaba a pie.
- Descanse a la sombra de esos algodoneros -sugirió el comerciante-. Necesitará disponer de toda su fortaleza para poder efectuar el ascenso. Veo algunos Pahutes…
Hasta que hubo cruzada la llanura arenosa, casi hasta llegar junto a los algodoneros, no observó que había más indios que el que vio desde lejos. Y entonces vio una mujer india que se hallaba sentada junto a un niño, más allá de los árboles. Al desmontar, Marian revolvió en sus bolsillos en busca de algo que poder entregar al chiquillo, y halló un trozo de chocolate que se le había olvidado a la hora del almuerzo. Con el trozo de chocolate en la mano se acercó a las das personas indias.