Odio de razas

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- Toma - dijo Marian sonriendo y presentando a la pequeña el trozo de chocolate. Y se regocijó al ver que, a pesar del: temor, la chiquilla adelantaba rápidamente una mano para apoderarse de la golosina. Luego salió en dirección a la madre, como i intentara ocultarse tras ella. Marian deseaba quedarse junto a ellas con el fin de mostrarle la amistad de su propósito, pero decidió alejarse. Su presencia constituía, sin duda alguna, una fuente de temor para la niña y de turbación para la madre. Marian las observó desde la sombra de los algodoneros con simpatía e interés. No se veía en las cercanías hogan ni habitación de ninguna otra clase. Pero no podía dudarse de que aquél era el punto. ele residencia de los indios que tenía ante sí. Marian vio que el terreno llano era un maizal y que el indio que estaba hablando con Withers llevaba en las manos una pala de mango tosco. ¡Qué indio más fornido! Era joven y había en él muy poco que pudriera relacionarlo con los indios sucios y cabizbajos que había visto en Mesa. Cuando Marian lo estaba mirando, el indio levantó una mano fuerte para señalar con gracia y expresión singulares y un lento y significativo movimiento un punto situado más arriba y más allá del desfiladero. Fue un ademán hermoso.

Withers se aproximó a Marian.


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