Odio de razas
Odio de razas A Marian, la pobreza le había parecido siempre una condición espantosa. No había conocido jamás los verdaderos lujos, ni quería conocerlos, pero tampoco había estado nunca necesitada de las cosas más elementales y precisas. Acaso la pobreza no tuviera importancia para los indios. Los pinos podrían constituir su estancia y su calor, la tierra cubierta de salvia su lecho, los carneros su sustento. Marian dudó antes de expresar su perplejidad y su compasión. Ella misma podría ayudar a Nophaie. Pero, ¿cómo? Sería posible que Nophaie no desease poseer más carneros, más caballos, más ropas y mantas, una pistola v una silla. Marian pensó que debía proceder con cautela. La sencillez de Nophaie era sorprendente, y la joven apreció con facilidad que no estaba debidamente alimentado. Su afilado rostro y su delgado cuerpo lo probaban. ¿Había cenado ella en alguna ocasión en el Hotel Bellevue Stratford con aquel indio? ¡Increíble! Pero no más increíble que aquella hora del solitario desierto junto a Nophaie, en cuyo tostado rostro se reflejaban las llamas vacilantes de una hoguera… ¡Cuánta más extraña es la vida que los, sueños y las fantasías!
Después de un largo silencio, que Marian deseaba romper, aunque no pudo hacerlo, Nophaie se levantó y tocó con una mano el cabello de ella.