Odio de razas
Odio de razas Al despertar a la mañana siguiente, Marian comprendió el caro precio que había de pagar por sus cabalgadas y sus caminatas y ascensiones a pie. El desayuno hubo de esperarla, y Withers le expresó su solicitud y su regocijo.
- Puede parecerle muy cómico mi estado; pero aseguro que no lo es para mí - dijo quejosamente -. ¿Cómo podré resistir nuevamente una caminata tan horrible… ¡ O-á-o-oh, esas horribles pendientes, cuesta arriba o cuesta abajo!
- Bueno; no vuelva jamás a trasponer el desfiladero de Pahute -replicó Withers-. Ahora, coma todo lo que pueda, y dé unos cortos paseos. Después de haberlo hecho se encontrará más aliviada.
Marian estaba tan dolorida y tan entorpecida, que no puso ni la más+ pequeñas fe en lo que Withers decía; pero cuando siguió su consejo, descubrió que era cierto lo que le había recomendado. Sin embargo, cuando se vio precisada a montar de nuevo a Bucksin, se entregó a una dura prueba que la dejó dolorida. Lo único que podía hacer era esperar que el ejercicio le calentase gradualmente la sangre y aliviase sus molestias. Y al cabo de poco tiempo comenzó a poner nuevamente interés en el paisaje.
