Odio de razas
Odio de razas - Benow di cleash… ¡Verte aquà ahora!… ¡Y saber que has venido por mÃ! -exclamó con una emoción que hasta entonces no habÃa manifestado.
- Nophaie, todo es tan bueno para mà como para ti - replicó Marian.
- No es posible - dijo él con grave sonrisa -. Tu alma no está en peligro.
- ¡Nophaie! -exclamó Marian.
Pero Nophaie no ofreció ninguna explicación de aquellas extrañas palabras y, ordenando a Marian que descansase,:se alejó acompañado del perro. Marian quedó a solas. La sombra era fresca, lo que la obligó a cubrirse con el abrigo. El soñoliento zumbido de las, abejas, a de otros insectos, se unÃa al grave y soñador cántico del arroyo. Los dos sonidos constituyeron una especie de arrullo para Marian y una carga para sus párpados. Marian se durmió. Al despertar, creyó que habrÃa -transcurrido mucho tiempo, ya que se encontró maravillosamente descansada. No pudo volver a dormirse de nuevo. Withers y los indios habÃan llegado con las mulas de carga y acamparon a cierta distancia. Fue Nophaie quien llevó a Marian un saquito de muletón y el rollo de su lecho. Withers lo siguió, portador de la tienda y un hacha.
- No hay duda de, que se encuentra usted a, gusto - dijo el comerciante -a modo de saludo -. ¿No es hermosa esta región poblada de cedros y de salvia? No conozco ninguna parte del desierto comparable a ésta.