Odio de razas
Odio de razas El espectáculo cambiaba a cada momento, y sobre las extensas tierras se tendía una borrachera de luz v color. Las sombras purpúreas se tornaban negras. Las amarillas y rojas se hacían menos intensas. Los rayos oblicuos del sol caían a través de las aberturas de las nubes. La emoción de Marian aumentaba con la creciente transformación. Ante sus ojos se desarrollaba una cintura de desnuda tierra de doscientas millas de longitud y ciento de anchu- ra que se curvaba desde el Este al Oeste. No había vista humana que pudiera aprisionar su amplitud ni su significado. Los ojos de las águilas o de los cóndores, los más delicados y potentes de todos los órganos de visión, no podían abarcar tanta grandeza. Nada se movía. Solamente se percibía la ilusión de movimiento al mirar las Rocas Andantes. Ningún sonido llegaba. Nada, no siendo la desnudez de la tierra, se percibía. El espectáculo estaba más allá de la comprensión de la inteligencia humana, era exaltador para el alma. ¡Un mundo de rocas, de salvio y de cedros para los indios! Marian gritó silenciosamente con el corazón para pedir piedad para los indios, que deberían ser alejados de aquel mundo tan solemne, tan quieto, tan horroroso, y que, sin embargo, constituía un refugio y un punto de vida.