Odio de razas
Odio de razas »Marian, mi pueblo vive ahora en un estado de gran prosperidad. La guerra ha producido unos valores falsos. La lana se paga a cincuenta centavos la libra. El precio de los carneros y los caballos ha aumentado hasta un punto que jamás indio alguno pudo soñar. Todos creen que estos precios durarán eternamente. Nadie ahorra. Viven al dÃa, gastan el dinero alocadamente. Y cuando se produzca la reacción, todos serán repentinamente pobres. Y los precios de los alimentos y el vestido estarán más altos que nunca.
»Estoy aquà desde hace cerca de un año, y todavÃa no he hallado ningún indio que sea verdaderamente cristiano. He recorrido hasta los últimos rincones de este terreno destinado a las gentes de mi raza. Los indios me dicen que han tenido muchos misioneros muy buenos. entre los que los han enviado. Hombres blancos amables, cariñosos, que estudiaban las necesidades de los indios, que los ayudaban con su trabajo, que podrÃan, con el tiempo, haber ganado su confianza. Pero, por una ú otra razón, ninguno de ellos permaneció entre los indios durante el tiempo necesario.
»Y necesitamos mucha ayuda. Ven a mis terrenos, y trabaja durante un año o dos entre las gentes de mi pueblo. No puede ser perjudicial para ti. Y puedes hacer mucho por ellos. PodrÃas emplearte como maestra en Mesa o en alguna otra de las escuelas. Nadie sabrÃa jamás que hubieras venido en obsequio a mÃ.