Odio de razas

Odio de razas

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Marian descubrió que el concepto de los indios sobre la religión estaba muy lejos de la comprensión de algunos misioneros. El indio pensaba por medio de símbolos. Su dios era la Naturaleza. Los indios concebían, a su dios por medio de percepciones sensoriales de un inmenso espíritu místico de la vida y de la muerte que en él había. Todo cuanto sucedía en la Naturaleza era la manifestación del imperio de un ser supremo sobre el Universo. Y estas ma- nifestaciones eran las que el indio cantaba y a las que dirigía sus oraciones. Oraba al sol para que de diese calor con que calentarse y se derritiesen las nieves que habían de producir de nuevo el verdecimiento del maíz y de los frutos. De la tierra blanda brotaban él pan que comía y las hierbas que pastaban sus carneros. El:sol nutría a la vida. Nieve y lluvia, rocío y hielo, el viento…, todo esto nacía en el Gran Espíritu. El deslizamiento de tierras, la ruidosa inundación, el chasquido del rayo, la ventisca y el sofocante y neblinoso día del verano, la amarilla tormenta de tierra, que corría amenazadora v rugiente…, todos los fenómenos de la Naturaleza tenían una relación íntima con la vida interior de los indios. El india tenía la cabeza en las nubes, caminaba con las sombras, oía voces silenciosas, era místico, se hallaba más próximo a la tierra que los hombres blancos, su visión era encantadora… La belleza, el color, la melodía, la línea, la curva, el movimiento y la quietud existían para él. Del árbol procedía su arco; del pedernal, la punta de su flecha; de las bestias, la cuerda fibrosa; de los objetos físicos que, le rodeaban nacía lo preciso para satisfacer las necesidades de su vida. En el centro invisible de la Naturaleza circundante alentaba la potencia de la Creación, la divina esencia, el secreto. Cuando salía el sol, el indio se inmovilizaba, fascinado, de cara al Este, en adoración del redivivo brotar de la luz, con una plegaria en los labios. A la hora del crepúsculo vespertino, miraba la gloria fugitiva del señor del día, silencioso, transportado, absorbiendo con el alma el dorado fulgor; y su plegaria terminaba: «Ahora todo está bien.»


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