Odio de razas

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- Â¡Nophaie! -exclamó Blucher. Evidentemente, aquel nombre provocó en su imaginación ideas sorprendentes. Blucher pareció interesarse profundamente. Cuando la se- ñorita Heron comenzaba a correr, la detuvo-. Quédese aquí… y no abra la boca -. Luego cogió el teléfono.

El sobresaltó y la impresión inmovilizaron a Marian en el mismo sitio en que se encontraba cuando entró la señorita Herron. Unos pasos, lentos, suaves, que reconoció como de Morgan, le produjeron una nueva impresión. Y Morgan entró. Podía apreciarse por su aspecto que ignoraba la presencia de Nophaie en la localidad. Pero las miradas que dirigió primeramente a Marian y después a la señorita Herron le indicaron que sucedía algo impor- tante.

- Â¿Qué…? ¿Por qué está usted… aquí? -preguntó al entrar en el despacho de Blucher.

- Â¡Cállese! -le interrumpió Blucher-. Morgan, se ha presentado una complicación; del todos los diablos. «Su» universitario indio… está aquí… con Gekin Yashi… ¡Oiga!… Sí, soy Blucher… ¿Dónde está Rhur?… ¿No está ahí?… ¿Dónde está?… ¡Búsquela a toda prisa!

Blucher abandonó el receptor en su horquilla por medio de un rudo golpe y miró a Morgan. Marian solamente podía ver parcialmente el rostro de éste, y pudo apreciar que estaba cubierto de, palidez.


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