Odio de razas
Odio de razas - Pero tú eres el hombre a quien quiero - dijo Marian, que había sido arrastrada a la desesperación por la verdad fría que encerraban las palabras de Nophaie,, por la firmeza de su justa ira-. Tú eres «ele hombre»… Me destrozarías el corazón si te convirtieras en un asesino…, esa un fugitivo de la justicia… Y si… si te… si te ahorcasen… ¡yo moriría!… ¡Dios mío! Nophaie, por mi amor…, por mí… deja vivir a esos hombres. Piensa la que su vida representa para mí. Me casaré contigo. Pasaré toda mi vida ayudando a tu pueblo… si… si tú… no derramas sangre.
Y lo abrazó, se apretó contra él desfallecidamente cuando hubo terminado la larga súplica.
Nophaie bajó lentamente el martillo del revólver.
- Benow di cleash, guárdame esto -dijo.
Marian aceptó temblando el pesado revólver; y mientras lo hacía, se preguntó qué se propondría hacer Nophaie. Luego comenzó a sollozar agitadamente. La expresión de Nophaie, su actitud, todo en él había sufrido una notable transformación. Lo amenazador de su semblante, aquel algo desconocido que en él había, se desvaneció. Marian recordó en aquel momento a Lo Blandy.
Caballeros, esta mujer de su raza les ha salvado la vida-dijo Nophaie-. Me proponía matarlos… Pero ni siquiera -ella, ni el Gobierno de ustedes, ni el Dios que fingen adorar podrán salvarlos de los indios.