Odio de razas

Odio de razas

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Pero Nophaie no ofreció signos exteriores de la tormenta que se desencadenaba en su interior. La tormenta se borró y perdió como un viento de muerte. Y el joven se maravilló de los extraños cambios de la vida. Allí se hallaba, ante él, aquel odiado Blucher, completamente desconocedor de la presencia del indio que nada temía, que había estado a punto de cometer un asesinato. Había habido, y había aún, hombres que conocían los peligros de su vida y que poseían, el valor necesario para hacerlos frente; pero Blucher no pertenecía a tal, clase de hombres. Morgan era más fuerte, del mismo modo que era más villano, pero también estaba ciego como un murciélago. ¡Ambos estaban ciegos para la cólera justa y terrible que se albergaba en las almas de algunos hombres! El agente del Gobierno y su secuaz eran solamente dos destructores miserables y mezquinos, dos plagas demoníacas, cuyas ima- ginaciones, sinuosas y deformes, se concentraban en sí mismos.

Antes del anochecer de aquel día, Nophaie se hallaba en Flagerstown y había enviado una nota a Marian. Antes de salir a su encuentro se había inscrito en el puesto de reclutamiento y era ya un soldado del Ejército de los Estados Unidos.


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