Odio de razas
Odio de razas Marian no había observado ninguna de ambas circunstancias. Pero el hecho la impresionó profundamente. ¡Cuán desnudo y, estéril el terreno! ¡Ni siquiera una hoja de hierba! Madera seca, tan gris como las cenizas, competía con los achaparrados cedros y con los escasos robles enanos en la tarea de ocultar la esterilidad. del terreno. Largas extensiones de tierra amarilla y salpicada de huellas de caballos ascendían desde el arroyo.
El camino se elevaba gradualmente, y gradualmente adquiría el desfiladero más belleza y menos grandiosidad. Los colores eran más brillantes. Zonas cubiertas de purpúrea salvia establecían un contraste maravilloso con las rojas cúspides. Este aspecto de suavidad incrementaba la soledad y la desolación de los abandonados hoganes. ¡Cuán negras, cuan amedrentadoras resultaban aquellas puertas que semejaban ojos que mirasen en dirección al Oeste! ¡No había ningún indio que se detuviese en sus umbrales para ver el despertar del sol, ni las lejanías del Oeste! Una melancólica quietud impregnaba la atmósfera del desfiladero.
¡Ni un solo sonido, ¡un ser vivo! El invierno había cerrado el desfiladero; pero había algo más que el invierno como origen de la soledad, de lo que semejaba la muerte de la vida.