Odio de razas
Odio de razas Y entonces creyó entender- Marian que un espíritu perverso y vil comenzaba a arrancar la vida de Nophaie, a arrebatársela. Se estaba librando una batalla en la que la víctima tomaba parte de un modo inconsciente. Los fuegos venenosos del espíritu malo sorbían la sangre de su vida. Aquello no era una enfermedad…, no era una dolencia…, sino un viento de muerte que expulsaba el alma del cuerpo y lanzaba una corrupción devastadora contra la carne. Y, sin embargo, la vitalidad del indio lo frenaba y mantenía a raya.
El comerciante suplicó a Marian que saliese de la estancia y, al fin, consiguió conducirla de nuevo al saloncito. Allí, Marian se encogió ante el fuego, asaltada de angustias y dolores. ¡Oh! ¿Sería aquél el final de la vida estéril de Nophaie y de su amor? La señora Withers entró en la habitación y salió de ella, dulcemente, pero no habló. La noche continuó avanzando. En el exterior, el viento gemía entre un silencio de muerte. Las hojas de las enredaderas crujían suavemente bajo los aleros.
Aquella misma noche, más tarde, Withers se aproximó a Marian y le puso suavemente una mano sobre el hombro. -Marian… - dijo roncamente.
- Nophaie… ¿ha… muerto? - murmuró Marian mientras se ponía en pie.