Odio de razas
Odio de razas Marian se envolvió en una manta y salió al exterior de la casa, a la calle que:se arrebozaba en las sombras de la noche. El frío viento del desierto le abanicaba el rostro y le agitaba el cabello. El alaba no estaba lejana. Las estrellas palidecían, y la hora más negra de toda la noche se aproximaba. Desierto y cielo, das sombras, el viento plañidero, el silencio…, todo guardaba su secreto. Pero la vida se hallaba, allí, y allá, a una distancia de pocos pasos, se encontraba la muerte. «¡Todo… está… bien!» Marian murmuró las palabras de Nophaie. Su alma pareció inundarse de un infinito agradecimiento. Acaso el formidable conflicto que pugnaba en el espíritu de Nophaie fuera por algo más que por da vida. Su fe en Dios se lo dijo a Marian. Y una vez más se halló, o creyó hallarse, junto a Nophaie, sobre las Rocas Movientes, ¿Habría la proximidad de la muerte iluminado su irreligión?
El desierto habría de ser el hogar de Marian, tanto espiritualmente, como, en sueños. Siempre ejercería una irresistible influencia sobre el pensamiento, sobre la bondad, sobre la justificación de la vida. Y se estremeció llena de felicidad al pensar que siempre vería las altas tierras pobladas de salvia y artemisa, los monumentos coronados de oro, dormidos bajo la luz del sol, las grandes extensiones verdes, las sombrase de loas desfiladeros silenciosos… y en un punto indefinido de aquel fondo, a Nophaie, el indio.