Odio de razas
Odio de razas Desde la ventana de aquella casa Marian pudo observar una vista maravillosa que la fascinó y repelió al mismo tiempo. ¡Cuán desolada y lúgubre! La inmensa cuenca semejaba extenderse hacia todos los puntos de la brújula. Charcos de agua resplandecían bajo el cielo sombrío. La vegetación era tan escasa, que los arbustos que brotaban acá y allá semejaban animales. Al otro lado del vacío se elevaba un remolino de blancos riscos, audaces y osados, desgastados por los elementos hasta adquirir una configuración extraña e irregular. Aquella masa de roca terminaba abruptamente en un risco enhiesto y fino que miraba hacia el Sur. Una ancha extensión de desierto lo separaba de la elevación de una montaña negra y lisa situada al Oeste. Marian vio que la tierra, casi llana, se alejaba hasta desvanecerse gradualmente al Norte. Y siguiendo la línea del horizonte en dirección al Oeste, vio repentinamente una especie de lomo borroso, purpúreo y blanco, que atrajo durante mucho tiempo su atención, y no solamente a causa de su belleza. Atraía. No parecía real; tan profundo era el tono purpúreo, tan etéreo, tan blanco.
- ¿Es aquello una montaña? -preguntó a uno de los comerciantes.
- Lo es -replicó, el preguntado-. Es Nothsis Ahn, venerado por los, indios.