Odio de razas
Odio de razas El puesto comercial de Kaidab mostraba sorprendente aspecto de vida y actividad. Marian lo observó con creciente delicia y asombro.
En primer lugar, había en él cierto número de peludos caballos de los indios, sin ronzales, con las cabezas levantadas y que miraban de soslayo y con ojos nerviosos al vehículo del transportista del correo. Algunos de ellos estaban desensillados y tenían unas mantas atadas sobre los lomos; uno era de un color crema, casi rosado, con ojos extrañamente luminosos y largas crines v cola; pero la mayoría eran de un tono rojizo, v estaba entre ellos un caballito fogoso y negro que atrajo la atención de Marian.
Unos enormes sacos de arpillera que contenían algodón estaban siendo cargados en un carro por los trajineros indios. Y otros indios más haraganeaban recostados en las paredes de piedra del comercio. Su aspecto satisfizo hasta cierto punto a Marian. Con el cabello completamente negro, tan negro como los cuervos, con los impasibles rostros bronceados, con ojos de noche, delgados y erectos, vestidos de terciopelo v pana, sin los destellos de la plata o de los ornamentos brillantes… Estas circunstancias referentes a su apariencia se aproximaban mucho a las suposiciones sentimentales de Marian.
