Odio de razas
Odio de razas Al oír una llamada procedente del interior del establecimiento, Withers se disculpó y dejó a Marian entregada a sus cavilaciones. Y Marian, no sin hacer un esfuerzo de voluntad, desechó las dudas y sus cavilaciones y caminó entre los ruidosos perros de andar silencioso, los caballitos lanudos y salvajes y los vigilantes y ociosos indios. Y acertó a caminar entre ellos sin ofrecer muestras de la realidad de su estado de ánimo. La dura prueba, en lo que se relacionaba con los indios, se le hizo a cada momento más fácil; pero no pudo habituarse a estar entre aquellos perros pastores de ojos incoloros ni nudo deshacerse del temor de ser coceada por algunos de los caballos. Los trajineros de lana atrajeron su atención. Aquellos hombres amontonaron los enormes sacos pardos hasta que la carga sobresalió quince pies por encima del carro. Marian se preguntó si se propondrían ponerse en marcha a una hora tan avanzada. El ordinario olor de las pieles de cordero se le hizo insoportable, y se alejó hasta llegar más allá del grupo de indios, junto a la puerta del patio. Y entonces, desde la entrada, la señora Withers la llamó para que fuese a cenar.