RÃo perdido
RÃo perdido —¡Hum! No sé; creo que papá no me perdonará nunca.
—¡Qué poco le conoces! Si tú tuvieras éxito en ese negocio que tanto odia, de muy otro modo cantarÃa. Papá adora el éxito, el dinero. Demasiado, a fe. Y ahora que me acuerdo, Ben, papa y el señor Setter van a parcelar los campos yermos del RÃo Perdido. Estáte al tanto; Ben, si hay un auge en el precio de los terrenos y del ganado en aquella parte selvática donde tú vives, podrÃas asegurarte una buena porción.
—Nevada ha dicho lo mismo —repuso Ben, pensativo—. Cada uno de nosotros tenemos ya nuestras parcelas y podrÃamos comprar tres más. ¿Cuántos acres hay en cinco parcelas a ciento sesenta?
—¡Vaya un matemática! Ochocientos acres, natural mente.
—¡Cáspita! Mucho terreno es, pero… correré el albur. Mañana mismo firmaré la compra de esas tres parcelas. Sus propietarios, Moore y Sims, están asqueados ya de tan pertinaz sequÃa. Quieren vender pronto y barato. Pero tengo poco dinero y esa compra podrÃa arruinarme.