RÃo perdido
RÃo perdido El inquieto sueño de Ben fue interrumpido al amanecer por las recias pisadas de Nevada y Modos, que regresaban en aquel instante.
—¡Caracoles! ¡Aquà está durmiendo! —exclamó Nevada, al entrar.
Ben se incorporó rápidamente y miró al vaquero con mal talante.
—De buena gana te daba una zurra —gritó.
—Pero, hijo, ¿qué te he hecho yo? —preguntó Nevada riendo.
—Me has despertado —dijo Ben gritando.
—Claro, pero ya es hora de levantarse. ¿Es que has tenido buenos sueños? —replicó Nevada.
—¿Sueños? ¡No! Pero…, durmiendo no recordaba nada. Y vienes tú con tus pisadas escandalosas y ahora todo vuelve.
—¡Caramba! ¿Qué es lo que vuelve? —interrogó Nevada asustado.
—Los hechos, la dura realidad —gimió Ben—. Soy el ser más desgraciado de la tierra. Quisiera emborracharme hasta más no poder…, pero no puedo.
La aguda: mirada de Nevada se suavizó, y, con un sus piro de alivio, siguió contemplando a su amigo.
—Claro que no puedes emborracharte, tonto —declaró—. Eso se acabó para los dos. ¿Qué hiciste en la ciudad?
